domingo, 9 de abril de 2017

¿Para qué sirve la Filosofía? por Darío Sztajnszrajber



¿Qué es eso de Filosofía?. En este posteo haremos una selección de párrafos, frases, de los primeros seis capítulos del libro ¿Para qué sirve la Filosofía? (Pequeño tratado sobre la demolición)” de Darío Sztajnszrajber.
Desde luego se sugiere la lectura del libro completo. O, como para empezar, los primeros capítulos en su totalidad. Toda elección implica renuncias, y esta selección no es la excepción. Se pierde la fluidez del relato, los ejemplos concretos, el hilo de pensamiento. Por eso la invitación es, insistimos, leer el libro. Al que no se anime, le dejamos estos extractos.

Hacer filosofía es una manera de pensar. No hay una única manera de pensar, aunque a lo largo del desarrollo de nuestra cultura se haya impuesto una forma sobre el resto y hayamos siempre asociado la acción del pensamiento a la racionalidad deductiva, lógica, formalmente argumentativa. No hay consensos sobre qué significa pensar cuando pensamos el pensar. No hay consensos sobre nada, en realidad, y mucho menos si se trata del pensamiento; o sea de aquello desde lo cual pensamos todo, incluso, pensamos al mismo pensar. ¿Pero qué es pensar? ¿Cómo podríamos pensar el pensar?...
En principio, diríamos que es una actividad de nuestra mente, pero duplicamos el problema: ¿qué es la mente? ¿Con qué pensamos? ¿Con el cerebro, con las neuronas, con el alma, con la palabra, con la razón? ¿Y qué es la razón? ¿Es algo separado de nuestro cuerpo o es también una acción corporal que no se asume como tal? Lo interesante es que, sea como sea, no hay una única manera de pensar, aunque en nuestra cultura se asocie al pensamiento con la racionalidad. Y con cierto tipo de racionalidad…
Hay otras maneras de pensar. Por ejemplo, cuando buscamos el fundamento de todo partimos de situaciones que se nos presentan en la cotidianidad e intentamos entender su razón, su sentido, su proveniencia, su por qué. Ya no, ¿cómo hace el joven para bajar del colectivo?, sino ¿por qué hay colectivos? Ni, ¿por qué hay colectivos? en el sentido de «hay colectivos porque alguien los fabricó» sino ¿por qué hay colectivos? O sea, ¿para qué? ¿Con qué sentido? ¿Por qué el universo necesitó que hubiera colectivos? Tampoco se trata de pensar que hay colectivos porque la gente necesita transportarse y necesita transportarse porque tiene que llegar temprano al trabajo, y necesita llegar temprano al trabajo para que la sociedad de trabajo funcione y todos cumplan con su rol de modo taxativo y productivo, y unos pocos se llenen los bolsillos de dinero y unos muchos se mueran de hambre trabajando para los pocos; sino ¿por qué nos movemos? ¿Por qué nuestros cuerpos vinieron así? ¿Y por qué hay cuerpos? ¿Y por qué con estas características? ¿Y por qué hay cuando pudo no haber habido nada? Y la respuesta es «No sé». O no se sabe. O nunca se podrá saber. O, es irresoluble. O, no se trata de preguntas que busquen ser respondidas de modo definitivo. Pero igual hay pensamiento. ¿Y de qué tipo de pensamiento se trata? ¿Qué es esta manera de pensar que no resuelve sino que abre? ¿Y para qué sirve abrir? ¿Y por qué todo tiene que servir para algo?...
Está claro que las grandes preguntas existenciales en esencia no han mutado mucho y seguimos preocupados siempre por los mismos temas: el amor, la muerte, la felicidad, el tiempo…
Hacer filosofía es una manera de pensar que privilegia la búsqueda del fundamento. La cotidianidad se nos presenta funcionando a pleno, con todos sus recursos puestos al servicio de que todo funcione. Entro al ascensor, toco el botón y el ascensor sube. Camino por la calle, me cruzo a una persona y la persona no se abalanza sobre mí para asesinarme.
Tengo hambre, como estas galletitas y el hambre cede. Hay causas y efectos. Hay leyes. Hay un funcionamiento efectivo de las cosas. Podemos reconocer las causas de este orden. Podemos explicar por qué llueve, por qué el colectivo anda, por qué nacen los bebés, podemos explicar el funcionamiento de cualquier cosa, y más si se trata de entidades creadas por el ser humano. Es cierto que no podríamos abarcar la totalidad de las explicaciones de todo lo que nos rodea en su funcionamiento efectivo. Por eso damos por supuesto en general su eficacia. Lo damos por obvio. De eso se trata la cotidianidad. No estamos todo el tiempo preguntando por las razones, ya que sino deberíamos poder saberlo todo para luego poseer la confianza y emprender cualquier acción. Pero la cotidianidad necesita de un pacto de confianza y sobre todo de un pacto de olvido. Nos subimos al avión. Comemos lo que viene adentro de la lata. Tomamos la pastilla que nos receta el médico. Cruzamos a la persona por la calle. No podemos saberlo todo, aunque todo debe mostrar sus razones si así fuese solicitado. Esa es la esencia de nuestro pacto que se pone en evidencia cuando lo que tiene que funcionar, no funciona…
Buscar el fundamento de cualquier fenómeno es encontrar una respuesta que explique por qué las cosas son de este modo y no de otro…
Hacer filosofía es colocarse en un lugar de extrañamiento frente a todo lo que nos rodea, frente a todo lo que se nos presenta como obvio. Todos podemos desmarcarnos de lo cotidiano para ingresar en la penumbra del extrañamiento, que no es más que recuperar de alguna manera nuestra capacidad de asombro…
La palabra «obvio» puede entenderse, en latín, como la vía que se me despliega tan enfrente de mí que creo que es la única que existe y por eso la tomo. Algo obvio como aquello que se me presenta como si fuera la única posibilidad y no puedo vislumbrar que hay otros caminos posibles. Lo obvio no incluye la diferencia. La disuelve. Lo obvio no plantea alternativas. Las estigmatiza…
Hay claramente en todas las obviedades un elemento clave: lo obvio no se cuestiona. Es así porque es así, o porque es tan evidente que es así que no tiene sentido y hasta parece una pérdida absoluta de tiempo (otra vez, ¿qué es perder el tiempo? ¿Perderse en el tiempo? ¿Perder una cosa? ¿El tiempo es una cosa? ¿Perder algo propio? ¿Acaso el tiempo nos pertenece?), intentar cuestionar lo incuestionable…
Sin embargo, allí donde abrimos una brecha; allí donde empieza a visualizarse la fisura; allí donde podemos aun preguntar por qué... Allí, algo se mueve: la idea de que estoy pensando porque los hombres piensan nos descoloca. Nos molesta…
Por eso, de lo único que se trata es de colocar la pregunta. La naturaleza de la filosofía, si la hay, tiene más que ver con descubrir la pregunta que con formular certezas…
Preguntar es un ejercicio de desmontaje de aquellas certezas que a lo largo de la historia se instalaron como capas de verdades imponiendo la tiranía de lo obvio. Y cada capa, y cada verdad, y cada certeza, siempre al servicio de otras capas, de otras verdades, de otras certezas, conformando una red que se cierra en sí misma y se impone sin dar lugar a la pregunta…
¿Y si en última instancia de lo que se trata es de comprender que la pregunta filosófica tiene como objetivo el desacomodamiento intensivo de todo lo que hay? ¿Y si hacer filosofía no es más que una manera de dislocar nuestras creencias estables con el fin de mostrar que sobre las cosas puede haber infinitas perspectivas y que ninguna necesariamente es más necesaria que la otra?. La filosofía como análisis de lo obvio no persigue entonces desenmascarar para mostrar el rostro verdadero escondido tras la máscara, sino que es una manera de romper la dicotomía entre realidad y apariencia, entre máscara y rostro. ¿Y si la tarea es el desenmascaramiento del desenmascaramiento del desenmascaramiento del desenmascaramiento, y así infinitamente?...
El buen funcionamiento tranquiliza. Es que en definitiva, ¿qué buscamos? ¿Buscamos la verdad o buscamos que la cosa funcione? O dicho de otro modo: si la cosa funciona, ¿importa qué es la cosa?...
Poner en evidencia que todo es parte de una trama es antes que nada desnaturalizar su significado, relativizarlo. O más que relativizarlo, es desencializarlo, descentrarlo de su obvia conexión esencial con las cosas, mostrar el carácter de constructo de toda esencia…
El desacomodamiento hace que lo obvio pierda su naturalidad y no solo todo nos resulte extraño, sino que, además, todo deje de ser obvio. Pero el desacomodamiento es la base misma de la filosofía, ya que hasta el mismo pensar filosófico implica correrse de las formas comunes en que se piensa y dar un paso al costado…
No es lo mismo la verdad y la utilidad, aunque toda la tradición del pragmatismo filosófico no ha hecho otra cosa que intentar reformular la noción de verdad en términos de conveniencia y para no ser tan duros, de practicidad.
¿Pero cómo suspender la utilidad? ¿No es la utilidad algo esencial a las cosas? ¿Qué sería este paquete de papas fritas si no fuese pensado desde la categoría de utilidad? Mejor primero lo compro. La papa frita es un alimento: sirve para que nos alimentemos. Los alimentos sirven para que nuestros cuerpos sigan vivos. Y, sin embargo, está claro que hemos dejado ya muchos pliegues conceptuales al reducir un producto del capitalismo alimentario a mero compuesto de proteínas. O dicho de otro modo: se podría pensar la alimentación desde otra perspectiva, sin la necesidad de que la comida deba tomar la forma de una papa frita, deba ser empaquetada de este modo, pero sobre todo deba ser solo accesible a aquel que la puede comprar. ¿O tan natural nos parece que la esencia misma de la reproducción de nuestras vidas, el alimento, solo sea accesible a aquel que lo compra? Pero hay algo más. Entendemos qué es una papa frita a partir de un rasgo suyo definitorio: su utilidad. La utilidad es un valor, no es la papa frita, no es la cosa misma. Las cosas entran en relación con los seres humanos a través de valores y nuestra cultura ha erigido en valor casi supremo, o por lo menos, ha naturalizado tanto el valor de la utilidad que ya no lo percibimos como valor, como rasgo. Y lo hacemos parte esencial de las cosas. Suspender el valor de la utilidad, aunque sea desde el pensamiento; poner entre paréntesis este rasgo al pensar el objeto, nos pone de frente con la cosa y nos obliga a buscarle otros sentidos, otras perspectivas. Pero ¿las hay? O mejor dicho, ¿puedo realmente dejar de abordar un objeto sin el valor de lo útil? ¿No está toda nuestra identidad atravesada por este valor? ¿No está la identidad como principio atravesada por este principio?. Se puede operar desde el desmontaje, o para usar por primera vez un término difundido por Derrida, se puede operar desde la deconstrucción. Podemos desnaturalizar lo útil…
Hay una famosa apreciación de Oscar Wilde sobre el carácter inútil del arte: todo arte es completamente inútil. Y la filosofía tiene mucho de arte. Conmueve, moviliza, zamarrea, busca desde la razón exceder a la razón, busca trascendencia. Si la acción filosófica se reduce a la búsqueda de fundamentos que sin embargo se muestran infundados, abismales y cambiantes, ¿no se vuelve la filosofía una tarea profundamente inútil?...
Se interrumpe la obviedad del funcionamiento. Se muestra que aquello que viene funcionando correctamente, o en principio sin fisuras, sin embargo a partir de cierto descolocamiento de sus pilares deja de funcionar. Muestra sus contingencias, su posibilidad de ser otra cosa, su posibilidad de ser de otra manera. Rompe con el criterio básico de la utilidad que consiste en garantizar la ganancia…
¿No es el servicio algo que se da sin nada a cambio? ¿O en el capitalismo el servicio también es una mercancía? Y si es así, ¿no dejaría de ser servicio? ¿Qué es ganar cuando hacemos filosofía? ¿En qué consistiría una ganancia filosófica? ¿En dudar de todo? ¿En pensar que todo puede ser de otro modo? ¿En desenmascarar las tramas de intereses escondidas en toda verdad? Si así fuera, ¿no se convertiría por oposición entonces la filosofía más bien en una pérdida? ¿Una pérdida de tranquilidad, de seguridad, de certidumbre? Es que el problema es otro: ¿nos alcanza conceptualmente el paradigma de la utilidad para explicar la labor de la filosofía? Parecería que no. En filosofía se gana cuando se pierde y se pierde cuando se cree estar ganando. Por eso se sostiene que es un saber inútil. Es un saber inútil porque cuestiona que todo tenga que ser útil, cuestiona el principio de utilidad como valor dominante, naturalizado y normalizador de todos nuestros actos. Es un saber inútil porque a diferencia del resto de los saberes no responde por el cómo sino que pregunta por el qué. No responde, pregunta. Y en la pregunta, interrumpe…
No se puede no hacer cosas útiles porque la utilidad es un valor definitorio de nuestra cultura. Pero se puede cuestionarlo. Descentrarlo. Abrir otras posibilidades de ser. Debilitarlo. Una cosa es el monopolio de lo útil y otra cosa es vivir tratando de que lo útil no nos monopolice la existencia…
Hay un punto en el que tanta vuelta parece no conducir a nada. ¿Para qué perderme en esta estupidez de la utilidad o inutilidad si al final de cuentas pude comer solo porque el aparato volvió a funcionar? Y aunque le hubiera planteado al cajero toda esta disquisición, el paquete de papa frita, como cualquier mercancía, pudo llegar a mí porque lo pagué. Y lo pagué porque tenía plata en mi cuenta de ahorro. Y tenía plata en mi caja de ahorro porque me pagaron el sueldo. Y me pagaron mi salario porque intercambié mi fuerza de trabajo por el dinero con el cual finalmente pude pagar el paquete de papa frita. Y gracias a este consumo el cajero a su vez va a cobrar su salario a fin de mes con parte del dinero con el que yo pagué el paquete de papa frita. O sea que en definitiva, hay una parte de mi fuerza de trabajo que intercambié con parte de la fuerza de trabajo del cajero, que no sé cómo se llama, pero que ambos nos sentimos unidos al intercambiar nuestros cuerpos, o peor, al ser ambos explotados por alguien que en cada caso, nos pagó un salario infinitamente menor a lo que ambos producimos…
Habría que poder justificar cómo llegar de la nutrición como factor fisiológico a esta góndola llena de porquerías, o más bien, de marcas que es en definitiva lo que consumimos… Pero la filosofía nació justamente en la fisura que provoca el que una totalidad se nos presente sin fisuras. Como estas góndolas. Actúan como una totalidad. Todo ocupa el lugar que tiene que ocupar: las etiquetas para adelante, el precio de costado, las galletitas todas juntas, las bebidas en la heladera, las papas fritas por orden de precio. Como una puesta en escena, un gran teatro que se niega a sí mismo, y se nos muestra con una naturalidad incuestionable. Hay todo un orden naturalizado según el cual, cada uno de estos alimentos empaquetados se nos presentan para ser consumidos en estas góndolas…
Tal vez todo se trate de este gesto: no puedo no salir de la utilidad, pero puedo inutilizarla y vivir en la tensión entre lo útil y lo inútil. La misma tensión que irrumpe cuando amo aunque no crea en el absolutismo del amor, o cuando buscamos la verdad aun sabiendo que la verdad no existe. Tensiones, márgenes, cornisas. No se puede salir de lo útil como no se puede birlar a la muerte. Pero se puede debilitarla. Quitarle peso. Mucho de la filosofía se juega en este quitar peso, aunque si sigo comiendo porquerías...

jueves, 30 de abril de 2015

El Banquete



            Agustín Cuore decía que un libro en un estante no es más que un cúmulo de hojas unidas por vaya a saber uno que misterioso pegamento; “sólo es literatura cuando se lo lee”[1]. Con este pensamiento rondando su cabeza se dirigió hasta su biblioteca para buscar un maravilloso libro. Entre tantos lomos reconoció uno color verde que decía: “El Banquete”. Lo tomó entre sus manos, se ubicó en su escritorio personal, y comenzó a leerlo. Y como suele pasarle a todo buen lector se compenetró con la obra. Parecía estar sintiendo la voz de aquellos personajes y cada tanto cerraba los ojos para ilustrarse mejor la escena. Pero de tanto cerrarlos llegó un momento en que no los volvió a abrir: se quedó totalmente dormido. Y tuvo un sueño:

            Era 21 de Septiembre del 2000 y para festejar el día de la primavera se había realizado un Banquete en Buenos Aires. El lugar de reunión fue la casa de Agatón y concurrieron Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes, Sócrates y Agustinóstenes. Por ser el día de la primavera se propuso como tema homenajear al Amor. De esta manera cada uno de los invitados, a su turno, debía improvisar un discurso de alabanza al amor...
Sócrates había finalizado su discurso y Aristófanes se disponía a oponerle algunas objeciones. Pero en ese mismo instante se oyó una voz que provenía del exterior de la casa. La voz era indudablemente de Alcibíades, y al parecer venía con una borrachera que no le permitía mantenerse en pie. Estaba dispuesto a entrar pero Agatón dijo: -Sirvientes, no lo dejen pasar. Antes quisiera escuchar el elogio al Amor que va a realizar nuestro amigo Agustinóstenes.
            Ante semejante expectativa sólo atiné a carraspear, aclararme la voz y comenzar con mi discurso: Amigos -les dije- les pido sepan disculpar mis torpezas intelectuales y sepan captar el mensaje de lo que voy a decirles.
            Comenzaré realizando algunas objeciones al discurso de Aristófanes. Según sus palabras el Amor tendría su origen en el orgullo del hombre, castigado por la envidia de los dioses. Estos habrían colocado al hombre en una situación de impotencia a fin de tenerlo bajo su dominio. La atracción del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre sería el fruto de este castigo divino.  –Así es- agregó Aristófanes. –Pues bien- le dije sonriendo, yo propongo demostrarles lo contrario. Pienso que el Amor no es un castigo divino, sino un regalo de Dios. Y no de un dios entre tantos sino del único Dios. Aquel del que se ha dicho: “Dios es Amor”[2]. Como puedes decir eso –interrumpió Sócrates- si recién asentiste al decir que el amor es carencia. Si ese Dios es perfecto no puede ser carencia. Muy buena observación –le repliqué- pero temo que estemos hablando de cosas distintas. ¿Recuerdas aquel diálogo que mantuviste con Fedro a propósito del discurso de Lisias acerca del amor?.
Sócrates: Sí, lo recuerdo perfectamente.
Fedro: Yo también lo recuerdo.
Agustinóstenes: Entonces recordarán aquel viaje que realizan las divinidades, donde contemplan la justicia en sí, la sabiduría en sí, y así todas las esencias.
Sócrates: Exactamente eso había dicho.
Agustinóstenes: Podrías decirme las características de esas esencias o Ideas.
Sócrates: Lamentablemente no está mi discípulo Platón, que es el verdadero “padre” de esa doctrina. Igualmente intentaré decirte las principales características de esas Ideas: son inmutables, perfectas y eternas.
Agustinóstenes: ¿Podríamos decir que la justicia que acaece en este mundo sensible está sujeta a cambio, es imperfecta, temporal y finita?
Sócrates: Sí
Agustinóstenes: En cambio, la Idea de justicia, la justicia en sí que contemplan los dioses en el mundo inteligible, es inmutable, perfecta y eterna.
Sócrates: Así es.
Agustinóstenes: Ahora veamos: el amor que existe en este mundo sensible está sujeto a cambio, es imperfecto, temporal y finito.
Sócrates: Por supuesto.
Agustinóstenes: ¿No crees acaso que la Idea de Amor, aquella de la que participa el amor del mundo sensible, es por lo tanto inmutable, perfecta y eterna?.
Sócrates: Sin lugar a dudas.
Agustinóstenes: ¿Y crees que esta Idea de Amor es carencia?.
Sócrates: No, jamás lo creería.
Agustinóstenes: De la misma manera el Dios del que te hablo es Amor, sin por eso ser carencia.
Fedro: Debo admitir que el método socrático es capaz de persuadir al mismo Sócrates.
Agustinóstenes: Continuaré con mi discurso. Para eso voy a leerles un fragmento de la Biblia:

“Y Dios creó al hombre a su imagen;
lo creó a imagen de Dios[3],
los creó varón y mujer.
Y los bendijo, diciéndoles:
sean fecundos, multiplíquense,
llenen la tierra y sométanla...
Dios miró todo lo que había hecho,
y vio que era muy bueno”[4].

            Lo primero que resalta en oposición al discurso de Aristófanes es la inexistencia de un tercer sexo: “los creó varón y mujer”. Esa creación a imagen de Dios, es Su presencia en los hombres. Y si dijimos que “Dios es Amor”, nosotros participamos de ese Amor. Y no es un castigo divino porque “Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno”. Para terminar de cerrar esta idea, voy a leerles otro fragmento de la Biblia:

“Luego, con la costilla que había sacado del hombre,
el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre.
El hombre exclamó:
¡Esta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne!...
Por eso el hombre deja a su padre y a su madre
y se une a su mujer, y los dos llegan a ser
una sola carne”[5].

            Como se desprende de este pasaje, el amor entre el hombre y la mujer es querido por Dios. No es un castigo divino, sino una bendición. Según Aristófanes los andróginos eran un solo hombre con los dos sexos, hasta que Zeus los dividió en dos. Para mí, desde el principio hay dos sexos, varón y mujer, pero llegan a ser uno gracias al amor.
            Ahora comentaré algunos pasajes del discurso de Sócrates. Él dijo que “el camino derecho del amor, ya lo siga uno mismo, ya sea guiado por otro, es comenzar por las bellezas de aquí abajo y elevarse hasta la Belleza Suprema...”. Este fragmento me lleva a pensar en mi colega Leopoldias Marechálteles y su obra: Descenso y ascenso del alma por la belleza.
            Allí dice que los gestos del alma son los que le dicta su vocación natural, y este llamado no es otra cosa que la de poseer siempre lo bueno como bien dijo Sócrates. Posesión es sinónimo de reposo de la voluntad, ya que nadie sigue buscando aquello que ya tiene. Además ese bien debe ser concebido como Único, sino el alma iría de un lugar a otro por sentirse insatisfecha, por buscar un bien superior. Se deduce que ese Bien Único no es otro que Dios. Esta vocación del alma no es otra que su destino sobrenatural. Los errores humanos serían las respuestas equivocadas que da el hombre a la vocación de su destino.
            Equivocadamente el alma desciende. Desciende porque la hermosura de las cosas creadas la llama, y la llaman a cierta verdad y cierto bien. Sabemos que esa hermosura, esa verdad y esa bondad les fueron dadas por su Creador. Entre el bien relativo que ofrecen las criaturas y el bien absoluto (Dios) que busca el alma existe una desproporción infinita. Por amar la belleza de la criatura se aparta el hombre de la forma del Creador. Si la forma del hombre es la imagen y semejanza de su Creador, al apartarse del Creador (original) se aparta también de sí mismo (imagen). El amante trata de asemejarse al amado, y tiende a cambiar su forma por la forma del amado, en un abandono de sí mismo por el cual el amante se convierte al amado. Lo superior, por caridad, debe amar lo inferior, y a su vez, las “leyes celestiales” no permiten un “rebajamiento”, entonces ¿qué sucede?. El estilo amoroso de los superiores no consiste sólo en “amar” a los inferiores, sino en “hacerse amar” por ellos. La única forma de hacerse amar, es dándose a conocer. Ahora si el hombre ama las criaturas y reposa en ellas su voluntad no responde al llamado de su alma. Ese hombre se convierte en lo que ama. Como dijo San Agustín: “Si amas tierra, tierra eres; si cielo, cielo eres; si a Dios, Dios eres”. La criatura le ofrece un bien relativo, y al no “llenarse”, el alma sigue buscando otros bienes sin encontrar lo que quiere. Hay que entender que la criatura nos propone una meditación amorosa y no un amor, un comienzo y no un final del viaje. Así como Dios se hace amar por los hombres, el hombre debe hacer de puente para que la criatura retorne a la Unidad; debe ser, para las criaturas, un juez exacto y para eso debe conocerlas verdaderamente. La criatura le muestra al hombre la imagen de la divinidad, y si el hombre no lo ve no es por culpa de las criaturas sino de su intelecto imperfecto. El alma juzgante desciende a las criaturas y las interroga. Las criaturas le responden con la noción de un bien relativo, disperso, efímero y mortal. La desproporción con el Bien divino es inconmensurable. Al revelarnos esa desproporción infinita no hacen sino confirmar nuestra infinita sed. Las criaturas interrogadas amorosamente, nos revelan, no su secreto, sino nuestro secreto.
            Si no se conoce la desproporción amorosa entre las criaturas y su Creador, se sale de cada experiencia con una insatisfacción de sí mismo y con un desengaño de la criatura. Así el alma ve como la tierra va contestándole negativamente a cada reclamo de su amoroso destino. Entonces de convierte en juez de las cosas que lo poseyeron. Como el juez está inmóvil y no desciende a las cosas, ellas ascienden al juez para ser juzgadas. El juez interroga y la criatura responde. Juzga su vocación de amor, y el alma gira sobre sí misma para escucharlo mejor; y al girar sobre sí misma recobra su movimiento propio, el circular. Este llamado, como todo llamado, viene de un Llamador. Si su vocación es de amor infinito, bondad, hermosura, verdad y de un destino final, el Llamador será el Amor, el Bien, la Hermosura, La Verdad y el Fin, y estos atributos sólo corresponden a Dios. Entonces se encuentra a sí mismo, por la vía de la hermosura creada: se ha encontrado a sí mismo, como Amante. Y así es como ha encontrado en sí mismo, junto a la Hermosura Divina, el norte verdadero de su vocación amorosa y la verdadera figura del Amado.
            Hay una frase de mi santo tocayo que dice: “Interrogué a la tierra y me ha respondido: no soy tu Dios. Interrogué al mar, a sus abismos y a los seres animados que allí se mueven y todos me respondieron: no soy tu Dios, búscalo más arriba. Interrogué al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas, y me afirmaron: no somos el Dios que buscas”. Esa es la respuesta de las criaturas, decirnos que ellas no son el bien absoluto. A su vez agregan “búscalo más arriba”, y se nos ofrecen como peldaños para llegar al Bien. Nos dicen “somos el llamado, pero no El que llama; somos bellas pero no somos la Belleza que nos creó bellas; somos veraces, pero no somos la Verdad que nos hizo verdaderas; somos buenas, pero no somos la Bondad que nos creó buenas”. Es decir, la criatura nos muestra la imagen del creador.
            El alma se mueve con un triple movimiento: circular, oblicuo y directo. “Por su movimiento circular el alma deja las cosas exteriores y vuelve sobre sí misma y concentra sus facultades intelectuales en las ideas de unidad: encerrada entonces como en un círculo, no es fácil que se extravíe. El oblicuo es movimiento del raciocinio y la deducción, y por él se ilustra el alma en la ciencia divina, no intuitivamente y en la unidad, sino en virtud de operaciones complejas y necesariamente múltiples. El movimiento es directo cuando se vuelve el alma a las cosas exteriores y las utiliza como símbolos compuestos y numerosos, a fin de remontarse, por ellos, a las ideas de unidad”.
J      Circular: El alma gira sobre su vocación, en torno de su anhelo de Bien absoluto.
J      Directo: El alma desciende a las cosas a fin de interrogarlas.
J      Oblicuo: El alma medita la respuesta de las criaturas y la refiere a su vocación.
Los tres movimientos no son separados, se conciben como un solo movimiento circular, directo y oblicuo a la vez. Este triple y único movimiento es el de la línea espiral.
En definitiva, todo amor equivale a una muerte; y no hay arte de amor que no sea un arte de morir. Lo que importa, en verdad, es lo que se pierde o se gana muriendo. Si como vimos anteriormente, posesión es sinónimo de reposo de la voluntad, es muy acertado decirle a Dios que “nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”[6]. Y como dijo Miguel De Unamuno nosotros tenemos un “apetito de eternidad”. También traigo a colación lo que dijo Sócrates: “hay que añadir al deseo de lo bueno el deseo de la inmortalidad; porque el amor consiste en desear que lo bueno nos pertenezca siempre”. Ese deseo de inmortalidad, apetito de eternidad, o como quieran llamarlo, está inscripto en el corazón de cada hombre. El amor es el puente entre lo mortal y lo inmortal, la muerte y la vida, lo efímero y lo eterno
Como dijo Sócrates, el amor es amor de algo, y de algo que falta. En nuestro caso es amor de Algo, y ese Algo es Dios. Y nos falta. Porque fuimos creados a Su imagen y semejanza, pero no somos dioses (tal había sido la promesa[7] de la serpiente).
            También quisiera exponerles mi teoría acerca de los 4 amores. Primero es importante aclarar que son verbos y no sustantivos o adjetivos. Esto indica, de por sí, el carácter activo del amor. Esta diferenciación la encontré estudiando griego, lengua que ustedes manejan con gran facilidad. Los 4 amores son:
Y    Erao: De aquí se deriva eros. Este verbo se emplea para describir al amor romántico y carnal, siempre en sentido sexual.
Y    Stergo: Este verbo indica el amor familiar, el cariño de la madre por su hijo,  del hijo por su padre, etc. Es ese amor que brota naturalmente de los lazos de parentesco.
Y    Fileo: Expresa el amor de amistad, el afecto cálido y tierno que se siente entre dos amigos. Nosotros, en castellano, lo traducimos por “querer”.
Y    Agapao: De aquí se deriva ágape. Se lo utiliza para el amor de caridad, de benevolencia, de buena voluntad; el amor capaz de dar sin esperar nada a cambio. Es el amor totalmente desinteresado.

Estaba por hablar de la relación entre el arte y el amor, la mujer como musa inspiradora y el petrarquismo, cuando un fuerte ¡ring! sonó en sus oídos (difícilmente hubiese sonado en otra parte de su cuerpo). Su reloj despertador marcaba las siete en punto y el sol ya había asomado por su ventana. El Banquete había terminado, y aunque las copas bebidas fueron ficticias se despertó ebrio de conocimiento y borracho de amor.


[1] Cuore, Agustín; Pensa-miento, Buenos Aires, Inédito, 2000.
[2] 1 Jn 4, 8.
[3] Imago Dei.
[4] Gn 1, 27-31.
[5] Gn 2, 22-24.
[6] San Agustín, Confesiones, Libro I, capítulo I.
[7] “Seréis como dioses” (Gn 3, 5)

sábado, 18 de agosto de 2012

Apuntes sobre la Libertad X


Uno no siempre hace lo que quiere pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere” decía M. Benedetti. Y quizás aquí se juegue el concepto de libertad. Tironeado, tensado, por los innumerables condicionamientos socio-histórico-culturales y las tendencias genético-somáticas, se encuentra el ser humano. Y hace lo que puede, dentro de lo que quiere. Nuestra libertad, digámoslo de una vez, es (muy) limitada. Pero los límites, los bordes, a su vez, son condición de posibilidad. Estamos condicionados pero no determinados; el margen sigue siendo un lugar donde continuar escribiendo.
Cada elección es una renuncia y cada renuncia es una elección. Estamos condenados a ser libres, dijo Jean Paul. No soy libre de elegir ser libre, pero tampoco de renunciar a ello. Y agrego algunas frases tan existenciales como apócrifas: “apostemos por la libertad”, diría Blas, ya que “el que no arriesga no gana”, completaría Sören.
Creo que todos buscamos lo mismo, no sabemos muy bien qué es ni dónde está”, canta Calamaro. La libertad, desde mi humilde punto de vista, es un constitutivo humano, no es un plus. Pero arriesgo algo más: lo constituye por ausencia. El hombre es libre porque no es perfecto. Y lo que motoriza su libertad es el deseo. Deseo de ser feliz, de ser más plenamente hombre, deseo de…
Dice Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía?. Para eso sirve: para caminar”. Lo mismo ocurre con el deseo. No sabemos si alcanzaremos lo deseado. Entonces, ¿para qué sirve el deseo?. Para eso sirve: para ejercer la libertad.
El deseo me lleva a elegir y renunciar. Cada elección-renuncia me constituye. Yo soy mis elecciones y renuncias. Y cada elección-renuncia, por revocable que sea, es en realidad definitiva. Soy lo que elegí-renuncié, elijo-renuncio y elegiré-renunciaré. Toda elección-renuncia nos compromete, aunque no lo queramos-sepamos... Hay que ser (muy) libre para optar para siempre.
Creo.

domingo, 22 de julio de 2012

Apuntes sobre la Libertad IX


            “Mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Frase repetida preocupantemente hasta el hartazgo. Es la expresión más acabada del liberalismo. Propiedad privada y libertad de mercado. Es avalar la existencia de esa ficción llamada individuo, como si pudiésemos ser islas incomunicadas. Gran invento que derribo, o al menos eso creo, en mi “Esbozo para una Antropología InExistencial”.
Vivimos en un mundo escandalosamente inequitativo, injusto y desigual. El neoliberalismo, está harto demostrado, es un sistema de acumulación y concentración de la riqueza, a la vez que genera desigualdad y expulsión. Son cada vez menos los que tienen más, y cada vez más, mientras que son cada vez más los que tienen menos, y cada vez menos.  Esta desigualdad de oportunidades impacta fuertemente en el sentido de la libertad en la sociedad actual. Y como sucede en “Minority Report”, maravillosamente traducida como “Sentencia previa”, ya sabemos de antemano quienes serán los condenados.
La frase que encabeza este apartado debiera cambiarse, o al menos eso propongo, por otra que diga: “mi libertad solamente tiene sentido, solamente es libertad, solamente comienza cuando empieza también la libertad del otro”. Es una de las grandes enseñanzas que nos dejó Paulo Freire: nunca seremos libres solos y sólo seremos libres juntos. Mi libertad se potencia en la medida en que el otro también es más libre. No somos islas. Somos seres sociales, de convivencia. Nadie es sin los otros y, menos, libre de los otros. Todos estamos llamados a ser libres para los otros y con los otros. Como dijo el Che Guevara: “solamente seré verdaderamente libre cuando el último hombre haya conquistado también su libertad”.

sábado, 28 de abril de 2012

Apuntes sobre la Libertad VIII


            A la Libertad y los Medios de Comunicación, le incorporamos el tema de la Realidad. Para eso recurriremos a la tantas veces nombrada “Matrix”. Y qué mejor manera de empezar, que dejar hablar:
Morfeo: …Supongo que ahora te sentirás un poco como Alicia, cayendo por la madriguera del conejo.
Neo: Se podría decir que sí.
M: Puedo verlo en tus ojos. Tienes la mirada de un hombre que acepta lo que ve porque espera despertarse. Irónicamente, no dista mucho de la realidad. ¿Crees en el destino, Neo?
N: No.
M: ¿Por qué no?
N: No me gusta la idea de no ser yo el que controle mi vida.
M: Sé exactamente a lo que te refieres. Te explicaré porqué estás aquí. Estás porque sabes algo. Aunque lo que sabes no lo puedes explicar. Pero lo percibes. Ha sido así durante toda tu vida. Algo no funciona en el mundo. No sabes lo que es, pero ahí está, como una astilla clavada en tu mente y te está enloqueciendo. Esa sensación te ha traído hasta mí. ¿Sabes de lo que estoy hablando?
N: ¿De Matrix?
M: ¿Te gustaría saber lo que es?. Matrix nos rodea. Está por todas partes, incluso ahora, en esta misma habitación. Puedes verla si miras por la ventana o al encender la televisión. Puedes sentirla, cuando vas a trabajar, cuando vas a la iglesia, cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad.
N: ¿Qué verdad?
M: Que eres un esclavo, Neo. Igual que los demás, naciste en cautiverio, naciste en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Por desgracia no se puede explicar lo que es Matrix. Has de verla con tus propios ojos. Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia.  Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el País de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme…
Y luego de recurrir a la genialidad cartesiana, aunque tal vez no tan original, sobre la imposibilidad de distinguir con certeza vigilia de sueño, Morfeo agrega: “¿Qué es real?. ¿De qué modo definirías real? Si te refieres a lo que puedes sentir, a lo que puedes oler, a lo que puedes saborear y ver, entonces el término "real" son señales eléctricas interpretadas por tu cerebro. Este es el mundo que tú conoces. El mundo tal y como era a finales del siglo veinte. Ahora sólo existe como parte de una simulación interactiva neural que llamamos Matrix. Has vivido en un mundo imaginario, Neo. Este es el mundo como es, en la actualidad. Bienvenido al desierto de lo real…”.
El mundo que habitamos se nos presenta, y lo aceptamos tal como lo percibimos. Deseamos ser libres, actuamos como si lo fuéramos, más allá de no tener la certeza teórica o, más aún, de creer en el Destino.
¿Acaso nos es imposible acceder a lo real?. ¿Somos esclavos sin saberlo?. ¿En qué momento irrumpe en nuestras vidas la posibilidad patente, la oportunidad decisiva, de elegir la pastilla deseada?. ¿Qué elegiremos?. ¿Elegiremos?.
Y ya estamos entrando a salir. Y todo vuelve, una vez más. Neo se encuentra con la Pitonisa, y luego de preguntarle si es el Oráculo, se produce el siguiente diálogo:
PITONISA: Te diría que te sentaras, pero de todos modos no aceptarás. Y no te preocupes por el jarrón.
Neo: ¿Qué jarrón?
P: Ese jarrón.
N: (se da vuelta, golpea el jarrón, cae y se rompe). Lo siento.
P: Te he dicho que no te preocuparas. Le diré a uno de mis chicos que lo arregle.
N: ¿Cómo lo sabía?
P: Ohhh... lo que de verdad te preocupará más tarde es: ¿lo habrías roto si yo no te hubiese dicho nada?.
            En principio, podríamos decir que Neo estaba destinado a romper ese jarrón y la pitonisa sólo profetizó aquello que ella ya sabía que iba a suceder. Pero tal vez, y sólo tal vez, estemos en presencia de lo que en ciencias sociales se llama profecía autorrealizadora o autocumplida. La premonición expresada termina generando, produciendo, lo que de otra manera tal vez no hubiese sucedido. En ese caso hay un convencimiento de fondo: el destino se escribe a cada paso y nosotros somos cómplices, colaboradores, muchas veces involuntarios, y otras cuantas veces decididamente responsables.